27 de julio de 2007
Mónica tenía 29 años. Con diagnóstico de esquizofrenia, vivía la discriminación de su entorno. Relegada a las paredes de su casa, donde su "abnegado esposo", Hugo, de 30, cuidaba de ella y de las cuatro hijas del matrimonio. Él era un hombre ejemplar. Trabajaba para dar sustento a su familia y se levantaba muy temprano para dejarlas en el colegio, las retiraba por las tardes, y se destacaba por su responsabilidad. Consumidor dependiente de alcohol y cocaína, eran licencias que se les permitía, por tener la capacidad de compatibilizar los roles de padre, esposo y trabajador. Cada cierto tiempo, Mónica abandonaba el hogar, cruzaba el umbral de su invisibilidad y abría sus alas. Luego retornaba, perdiendo cada día simbólicamente su lugar en la casa. Sus hijas eran sus madres, su esposo un carcelero. Pero ella no tenía dónde ir. Había sido hospitalizada un par de veces, sin resultados positivos, y su familia de origen no quería acogerla, justificada en su trastorno psiquiátrico.

Por su parte, Hugo tenía una amplia red asistencial activada. Su imagen de padre ejemplar lo validaba para obtener fuentes laborales, subsidios asistenciales, alimentación, vestuario, educación. Nadie lo cuestionaba e incluso obtenía algunas condecoraciones por ejercer tan bien su rol.

Cuando conocí a Mónica me sorprendió por lo alta, delgada y grandes ojos negros en una tez morena. Me habían hablado tanto de la "loca" que vivía en su hogar con las cuatro niñitas, que los pre-juicios eran inevitables... Ella me invitó a pasar, y me hablaba rápidamente, como si el tiempo fuera a acabar en ese mismo instante, como si no quedara nada para ser sorprendida. Me habló de su vida, de su matrimonio, de las estadías en el psiquiátrico. De que se mantenía en control, que estaba compensada. Me mostró sus pastillas y me habló de cuán sola se sentía en el mundo, cómo se sentía con las miradas y los comentarios de los vecinos, cómo ella quería huir de todo eso y poder ser feliz.

Los encuentros con Mónica eran pocos. Especialmente porque Hugo estaba presente y la relegaba a su dormitorio, a su cama. O simplemente por sus constantes huídas. Un día llegué en una fecha no acordada, para encontrarla. Estaba sola, sus hijas estaban en el colegio, y encerrada con candado. La reja de madera que nos distanciaba me permitió ver lo que sospechaba. Mónica era víctima de violencia doméstica, era fuertemente golpeada por Hugo, abusada sexualmente, y sistemáticamente violentada en lo psicológico. Sus ojos reflejaban el miedo y la desesperanza...

La imagen de padre y esposo ejemplar tan bien montada y que hasta yo misma algunas veces compré, se desmoronaba con una simple y compleja evidencia. ¿qué hacer entonces? Buscar redes, denunciar. Dado el perfil psiquiátrico de la joven, no obtuvimos una respuesta positiva. Sus antecedentes hacían pensar que provocaría conflictos en las dinámicas de las casas de acogida, y su familia, no quería recibirla. Pese a que el Hospital psiquiátrico estaba dispuesto a desarrollar una intervención para el manejo domiciliario. Pese a que los fármacos le permitían tener una vida "normal".

Pero otro problema venía para esta familia. Una de sus hijas padecía leucemia, por lo que la atención de todos los integrantes fue hacia el tratamiento de ésta. Mónica asumió activamente el cuidado, y el equipo tratante de su hija la validó en este rol. Un día la niña llega con señales de maltrato y abuso, por lo que el equipo tratante comienza a recopilar antecedentes en la red. Todos concordaban en la percepcion de que Hugo no sería el agresor, fundamentado en los antecedentes que manejaban en el cuidado de sus cuatro hijas. Cuado me tocó entregar mi versión, mencioné el abuso y violencia contra Mónica y la parentalización de sus hijas, por lo que creía que era necesario profundizar en la investigación. Los peritajes arrojaron que había abuso con sus hijas mayores, y maltrato sistemático a las dos menores. Todo oculto en las paredes de la vivienda. Todo invisibilizado por los vecinos.

El matrimonio pierde la custodia de sus niñas, siendo éstas destinadas a sistemas de colocación familiar y hogares de protección. Posterior a ello, Mónica se mantiene en el hogar, no tiene donde ir. A pocos meses, desaparece nuevamente. No era extraño. Una vez más huía. Pero esta vez no regresaba. Hugo estampó la denuncia de presunta desgracia y muchas fotos de Mónica plagaban las paredes de la ciudad. Mónica no llegó a buscar sus fármacos como siempre lo hacía, aún estando fuera de su hogar. Semanas, meses, las preguntas fueron disipándose. Hasta que la madre de la joven denuncia una sospecha: su hija estaría en el patio de la vivienda, habría sido asesinada por su marido.

Investigaciones entró al hogar un día de Invierno. Encontraron el cuerpo de Mónica, incompleto, ya que había sido reducido por su esposo para ser enterrada. Hugo había abandonado el hogar en búsqueda de trabajo, sin que las investigaciones por el abuso de sus hijas obtuvieran resultados.

De pronto, Mónica ya no era invisible. El horror extremo hizo que traspasara el umbral. Demasiado tarde para ella.

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Lo dijo Violeta z a eso de las 10:30 a. m. | 19 palabras, frases, fragmentos
9 de julio de 2007





"Valparaíso ha construido su larga historia sobre terremotos, incendios, inundaciones, bombardeos, y ahora, parece que habrá que sumar un nuevo indicador de daños: la desidia humana, variable bastante más difícil de evitar, en cuanto se trata de una cultura del dejar hacer, del dejarse destruir" (Colegio de arquitectos quinta Región, revista Arquinta, Febrero 2007)

Serrano es una de las calles significativas del barrio Puerto. El comercio que ahí se concentraba, contenía un poco de aquello que l@s porteñ@s aún nos jactamos tener: esos lugares con identidad propia, donde pareciera que la historia se suspende... Quién no compró alguna vez sus uniformes en PyT, o un incienso en el Rincón Hindú, donde además se encuentran estampitas de la mismísima Pomba Gira, o compró galletas a granel en la Confitería Andina. Además, tras la fachada de grandes palacios de antigua data, se emplazaban muchos hogares, de habitantes diversos de Valparaíso. La que habìa sido la primera calle emplazada en el "plan" de la ciudad, originalmente llamada "La Planchada", sufrió la destrucción de cuatro de sus edificios el 3 de Febrero de este año, con las respectivas secuelas para l@s vecin@s y porteñ@s en general.

Pero no sólo eso. Cuánta historia construida en esta calle. Cuánto movimiento entretejido en sus callejones, con un cartucho de papel que contiene el "pan batido", o la escalera infinita que lleva al Cerro Cordillera y que no es posible subir sin dos o tres descansos. No deja de doler por ello caminar en la zona cero, recordar lo que fue, y pensar en la responsabilidad de cada uno al dejarnos estar, al permitir que el patrimonio de la humanidad sea algo sólo nominal o comercial, que se refiera sólo a la plusvalía de ciertos sectores y no al rescate de la experiencia y la historia.

Aún recuerdo cuando mi amigo Manuel me llevó a recorrer el lugar, a pocos días del incendio y se podían ver los escombros, y oler aún la pestilencia del humo, sentir la energía de la muerte y del dolor. Cómo me relató las historias no difundidas de los edificios, como aquélla del barco que un hombre construyó a su amada, sin terminar... cómo sentí que esta ciudad que siento tan mía se descubre infinitamente, a veces, a porrazos... Hoy aún dos murallas nos separan de la huella de los edificios destruidos, y distintos planes nos distancian de lo que los inversionistas y el Gobierno implementarán para reactivar esta arteria...



Sólo espero que Serrano no se transforme en un poco más del plástico que está invadiendo los sectores patrimoniales. Que la forma no le gane al fondo, y que l@s ciudadan@s podamos seguir dotando de vida y particularidad a este rincón de Valparaíso... Que la explosión y los escombros queden en nuestra memoria repleta de negaciones y nos ayude a construir, y a superar la desidia...

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Lo dijo Violeta z a eso de las 8:14 p. m. | 8 palabras, frases, fragmentos